Ultimatuna
Formato 1x60’
Fernando Lopez-Mirones


En Julio de 2009 el equipo de filmación de New Atlantis y ORCA Films dirigido por nosotros, filmó las primeras imágenes de la Historia de los atunes rojos reproduciéndose para la película documental UltimATUN. En plena noche, en pleno mar, en un lugar secreto que descubrieron Manel y Pere Vicent Balfegó. Estas imágenes únicas han sido presentadas en la reunión de la ICCAT en Brasil hace un par de semanas ante más de 400 científicos y responsables de la gestión de este animal y han sido requeridas ya por la administración norteamericana como prueba irrefutable vital para futuras decisiones sobre la especie en la próxima reunión del CITES en Doha (Qatar), donde se podría declarar al atún rojo como especie protegida en el Apéndice 1. Igualmente nuestras cámaras fueron testigos de otros hechos irrepetibles, como la primera vez que se consigue inducir hormonalmente con éxito a los atunes rojos en cautividad para que pongan huevos viables. La noticia del periódico recoge ambos hitos históricos. Todas las secuencias pertenecen a la película documental UltimATUN que, aun estando en período de preproducción, ya cuenta con imágenes nunca filmadas de la vida de este gigante del mar. Estamos esperando a que vuelvan en 2010 para filmarlos de nuevo, trataremos de desvelar nuevos secretos de su vida. Nos enorgullecemos de haber colaborado con la ciencia, de haberles devuelto algo de lo que hacen por nosotros constantemente. Los científicos son los más inteligentes de nuestra sociedad, trabajan sin descanso, y son la cabeza de nuestros avances tecnológicos y culturales; sin embargo cobran poco para lo que representan, son héroes del día a día a los que mucha gente no conoce.

Nuestros queridos amigos Mario Morcillo Moreno y José Zamorano Abramson nos confirman que las orcas han aparecido por fin en el Estrecho el pasado 30 de septiembre. Un grupo de unas 11, nos alegramos por ello pues nos temíamos lo peor. Para mí es tarde, no podré filmarlas esta temporada, espero que el año que viene aparezcan antes. Nuestra película documental UltimATUN está ahora nadando en los despachos, sobre las mesas, en los ordenadores, a la espera de que podamos reanudar los rodajes en cuanto los atunes rojos y las orcas regresen en marzo de 2010.
En la fotografía el jurado del Festival de Documentales, de izquierda a derecha Ricardo Tato Padilla (México), Yangil Kim (Australia), Hugo Grosso (Argentina), Silvia Schmidt (Alemania), Krzysztof Gierat (Polonia), Muhsen Ali (Iraq), Chen Liang (China), yo por España, Rabiah Al Kuwari (Qatar), Yasser Moheb (Egipto), Omar Olazábal (Cuba), Sibel Mesci (Turquía) y Hassan Dezvareh (Irán). Han sido 12 días fantásticos en los que hemos aprendido mucho, y en los que Abbas Arnaout, el Director del Festival, nos ha tratado exquisitamente. Ganó la película documental titulada Bilal, del director indú Sourav Sarangi. Se trata de la historia de un niño de tres años que vive en un suburbio y cuyos padres son ciegos.
El bramido estremecedor de un cuerno suena tras la bruma en el amanecer blanco de este pequeño pueblo de la costa de Alborán. Demasiado cerca del Estrecho de Gibraltar como para estar a salvo de los Diablos de la Niebla. Ese sonido hiela la sangre de los pescadores, provocando su huída inmediata hacia el interior y el abandono de sus redes sobre el empedrado; ahora lo único importante es salvar la vida. Cuando las cabezas de dragón se asomen tras la nube caída será demasiado tarde ya, dicen los pocos supervivientes de otras incursiones que el que ve a las naves de los vikingos está condenado. Sólo ellos sabían navegar sin horizonte, tras el manto del miedo.
Escenas como ésta han forjado la historia de los puertos del Mar de Alborán durante milenios. Las ensenadas protegidas, los refugios de la marejada, siempre fueron lugares peligrosos para asentarse. Por eso la gente llevaba a sus familias a vivir tierra adentro, relativamente a salvo de los constantes ataques de piratas e invasores.
Los puertos de esta parte del mundo eran puertas abiertas a la muerte, pero también a la vida. De ellos procedía la pesca, el comercio y la aventura. No hay leyenda ni pesadilla en el Mediterráneo que no comience en uno de ellos.
Y tampoco hubo ni habrá nunca puerto sin taberna, ni taberna sin secretos. El descanso del navegante, el primer trago con el suelo quieto en meses. El marinero no parará de beber hasta conseguir que el piso vuelva a moverse, sólo así se sentirá de nuevo como en su barco, solo así regresará a bordo de su caballo de madera.
Los Hombres Rojos, los fenicios, que procedían de las lejanas costas de Palestina sabían reconocer como nadie un buen lugar para atracar sus naves. Si existía previamente a su llegada, entraban pacíficamente para comerciar con los pueblos indígenas, y si no, lo construían ellos mismos, dejando allí tras su marcha a dos o tres de los suyos a modo de agregados comerciales con el fin de aprender el idioma local y estrechar los vínculos con la población. Esta estrategia pacífica e inteligente, junto con sus inigualados conocimientos de navegación, les hicieron los amos de estas costas durante muchos siglos.
Los puertos mas importantes no tardaron en convertirse también en santuarios, en templos consagrados a los dioses protectores de los navegantes. Las divinidades femeninas Tanit y Astarté, o el dios Melqart posteriormente llamado Hércules por griegos y romanos.
Pero los herederos de los fenicios, los cartagineses, alcanzaron tal dominio del mar, que despertaron los recelos del emergente imperio romano, que no descansó hasta derrotarlos a finales del siglo III antes de Cristo.
Los romanos, inteligentes gestores, conservaron los puertos fenicios e incluso mejoraron considerablemente su comunicación por tierra a través de una red de calzadas que llegaba desde Cádiz hasta la misma Roma. Muchos de aquellos carros iban cargados de ánforas de barro con un tesoro en su interior: la carne en salmuera de los atunes gigantes de las costas de Hispania.
Uno solo de estos colosos de carne roja y sabrosa puede alimentar a cien hombres durante casi un mes. Un recurso de este calibre no podía pasar inadvertido para los hombres y mujeres que poblaron estas costas desde los comienzos de la Historia. Conocer los secretos de los atunes rojos, los lugares apropiados para atraparlos, en qué poca del año aparecen y cómo conservar su carne, se convirtió en el secreto que podía levantar o hundir imperios.
Entre un puerto y otro, por toda la costa del Mar de Alborán, pueden verse aún las almenaras, torreones de piedra casi tan antiguos como las olas alineados en puntos estratégicos de tal forma que desde uno puede verse el siguiente. Haces de leña estaban siempre dispuestos en lo mas alto de ellos, de tal modo que cuando uno de los torreros los veía prendía fuego en lo alto. Las hogueras se iban encendiendo en una torre tras otra llevando la información a kilómetros de distancia en unos minutos. Pero ¿qué había visto el primer oteador que fuera tan importante? Unos dicen que las hordas de atunes gigantes que ya estaban entrando, otros aseguran que los piratas mauritanos o nórdicos. Si eran atunes había que salir del pueblo al puerto para preparar los artes de pesca, si eran otra vez los monstruos del Norte solo había una cosa que hacer: rezar para que pasaran de largo.